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En el Perú, no debería ser la pena de muerte el tema sobre el tapete, sino la pena de suerte que tenemos los peruanos de que nuestro flamante Presidente, viejo y cazurro político al fin, haya escogido este refrito trasnochado como caballito de batalla para solazar su ego con los aplausos de los ignorantes, que ya lo sabemos, son mayoría. Como si no hubiese asuntos más importantes de qué ocuparse, Alan García recurre al truco efectista y al facilismo ramplón de distraer la atención de la sociedad civil con un discurso propio del talión, a la pose estudiada y al cálculo político, antes que a las políticas de Estado y a los programas serios de Gobierno. Eso es el APRA, pues señores, ¿o es que ya no nos acordamos? El resultado de este menjunje no le puede resultar más sabroso al actual inquilino de Palacio de Gobierno: una aprobación del 63% según Apoyo y el 82% de los peruanos a favor de la pena de muerte. Ay Perú, ay peruanos.
Pero vayamos al lodo, ya que insisten. ¿No es la violación de menores de edad seguida de muerte de la víctima un delito execrable, repudiable, inaceptable? Sí, totalmente de acuerdo. Entonces, ¿cuál es la solución? ¿El linchamiento público del violador, el retorno a las ordalías? Increíblemente el 82% de los peruanos cree que sí. Pero si tomamos en cuenta que de ese 82% la mayoría optó en primera vuelta entre Humala y García no debería sorprendernos. Así somos los peruanos, no queremos aprender, no queremos ponernos a pensar. Somos como los cangrejos, vamos para atrás. Y la clase política, lejos de preocuparse por educar a los ignaros y revertir la penosa situación, aprovecha esa estructura para anquilosarse en el poder y engordar con los tributos que todos tenemos que pagar. Ahora tenemos que soportar un debate por demás innecesario y bananero, en donde escucharemos los disparates más desopilantes, las patochadas más absurdas.
Los defensores de la pena de muerte recurren al sofisma de que nadie está libre, que mañana más tarde uno de nuestros menores hijos puede ser violado y asesinado. Y a ver si ahí nos gustaría la situación. Por supuesto que no. Pero en un concierto de guantazos sin rigor intelectual, un sofisma se responde simplemente con otro sofisma, ya no con un razonamiento agudo, que no lo van a comprender. Pues bien, nadie está libre tampoco de que mañana más tarde, uno de nuestros queridos hijos, drogadicto o enajenado mental, se convierta de la noche a la mañana en un violador de menores. Si ya tenemos suficiente con el dolor de la familia de la víctima, ¿por qué agregarle el dolor de la familia del victimario? ¿Por qué someter a la madre del violador al terrible trauma de ver a su hijo descarriado ejecutado públicamente, entre aplausos y vítores? ¿Por qué responder violencia con más violencia?
En el Perú parece que ya no interesa el Estado de Derecho, ni los Derechos Humanos que, enterémonos de una buena vez, debe exigirse su respeto irrestricto a los Estados y no a los ciudadanos de a pie, pero parece que ello ya es mucho pedir para nuestra capacidad de entendimiento. O quizás pensemos que los Derechos Humanos son una cojudez, como alguna vez lo dijera alegremente nuestro cardenal. Pero es que somos de campeonato. Realmente, una pena de suerte.
Por Ramón Bueno Tizón
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