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El Chimpancé Armado

  3 de Junio, 2006
 

 

El mayor de los males en estas elecciones presidenciales del Perú no es la demagogia populista de Alan García ni el nacionalismo chicha y cuartelero de Ollanta Humala, ni la cantinflesca intervención del simio venezolano y las supuestas fuerzas chavistas atenazando los países de la región. No. El mayor de los males en estas elecciones presidenciales del Perú, como en casi todas las que registra su historia republicana, es el electorado peruano. La verdad sea dicha, y es tan simple como dramática y penosa a la vez. Es ese elector peruano promedio, esa masa de peruanos que no tiene la menor idea de lo que significa la democracia y la libertad, esos ciudadanos sin memoria histórica personal ni colectiva, esos peruanos que adquieren su carta de ciudadanía por el sólo mérito de cumplir dieciocho años y sin tener que saber ni leer ni escribir ni contar hasta diez, es ese pueblo ignorante y semianalfabeto quien decide a quién confiar los destinos del país. Horror de horrores. Tan peligroso como un chimpancé armado con una metralleta. Ay Perú, cómo me duele verte.

Provocador e irónico, Borges decía que la democracia es un abuso de la estadística. Podemos parafrasearlo y decir que en el Perú, la democracia es un abuso de la ignorancia. Porque de otra manera no se puede explicar la situación a la que se ha llegado, tan propia de una república bananera ante la cual el Macondo de García Márquez aparece como una pequeña Suiza en las costas del Caribe. Pero analicemos por qué.

Yo tenía catorce años de edad cuando Alan García destruyó al Perú. Porque esa es la palabra. Lo destruyó. A mí nadie me lo ha contado: yo he acompañado a mis padres a hacer colas interminables para comprar leche, yo veía con mis propios ojos cómo los precios subían todos los días y la plata en la casa simplemente no alcanzaba, yo he vivido los apagones y los coches bomba metido en mi casa, temblando de miedo, asustado como un conejo. Yo. Y ahora, a mis treinta y dos años, lo tengo que ver por la televisión, encabezando mítines multitudinarios, agitando su pañuelo blanco, sonriendo, enarbolando la bandera de la democracia, pidiendo, exigiendo una segunda oportunidad.

Y Ollanta Humala es un militar pues, nunca tan bien dicho el epíteto. Cuenta un viejo chiste que el coeficiente intelectual humano tiene como unidad el tar. Cinco tares, genio. Cuatro, brillante. Tres, muy inteligente. Dos, inteligente. Un tar, promedio. Y luego vienen los casos clínicos. Un decitar es un fronterizo. Un centitar, un retrasado mental. Y el que es una tremenda bestia, un animal, ése ya es un militar. Pero hay más. La milicia reúne dos características básicas: fuerza bruta y senilidad. Ahí está la tropa de cachacos embrutecidos obedeciendo sin chistar a un general geronte. Todo lo opuesto a la universidad, cuyas características básicas son sabiduría y juventud. Por eso las dictaduras militares cierran las universidades. Porque la senilidad bruta y poderosa no puede tolerar a la juventud ilustrada, contestataria y crítica. Esos son los militares. Ese es el militar Ollanta Humala, el militar de Madre Mía y Locumba.

Para hacer política en el Perú, para llegar al poder o al gobierno, no interesan las ideas, ni los programas ni las buenas intenciones ni las utopías entrañables. Un buen candidato en el Perú no es el mejor preparado ni el más capacitado, sino el que tiene mayor capacidad histriónica para afrontar esa farsa circense que llamamos campaña electoral. Por eso un brillante orador como Alan García tiene una nueva oportunidad luego de su nefasto gobierno, que ya nadie recuerda. Por eso un oportunista como Ollanta Humala logra capitalizar el voto anti-sistema, el clamor de los desplazados, de los marginados, en este país sin nación, este país fragmentado y dislocado que es el Perú. Porque alguien dijo que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Porque el pueblo peruano, la población electoral, sin educación, sin preparación, sin cultura cívica, democrática ni liberal, ha decidido, va a decidir. El chimpancé armado va a disparar, ya disparó. Ay Perú, cómo me duele verte.

Por Ramón Bueno Tizón

 

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