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La Teoría del daño

  8 de Junio, 2006
 

 

El conflicto con Uruguay con respecto a la instalación de las dos plantas papeleras se ha convertido ya en un serio problema político bilateral, donde reinan las pasiones más que las razones.

Tal vez sería bueno tomar un poco de distancia del asunto y tratar de abordarlo con una visión distinta. Es lo que me sucedió releyendo un libro fundamental para la filosofía política moderna. Se trata de Anarquía, Estado y utopía, de Robert Nozick. El que fuera profesor de filosofía de Harvard escribió esta obra, que consta de tres partes, cada una de ellas no menos interesante que la anterior. En la primera trata de encontrar un fundamento moral para el Estado y pretende encontrarlo en un “Estado mínimo”; en la segunda, discute la obra de su colega en Harvard, John Rawls (Teoría de la Justicia), un trabajo tan impactante e influyente como éste; en la tercera, presenta su propuesta de “utopía”, como una “metautopía” donde existirían grupos organizando sus propias ideas utópicas compitiendo entre sí, con individuos que elegirían entre unas y otras.

La de Nozick es una teoría “lockeana”, en el sentido que apoya el fundamento de los derechos en el derecho de propiedad sobre el propio cuerpo y luego su extensión a aquellas cosas que sean producto del trabajo aplicado para producirlas u obtenerlas. En tal sentido, la estricta aplicación del derecho de propiedad puede resolver problemas de efectos que produzcan unos sobre otros: si alguien daña a otra persona está violando su derecho de propiedad, igual que si alguien daña la propiedad mueble o inmueble de otra.

Esto brinda una solución posible y clara para el problema de las papeleras. Estas podrían realizar sus actividades en tanto y en cuanto no violen los derechos de propiedad de terceros, ya sea porque arrojen sobre esta propiedad sustancias contaminantes (sobre el río, por ejemplo), olores e incluso otros daños que afecten actividades presentes, como el turismo. En tal caso, el que viola el derecho de propiedad tiene que frenar esas actividades y compensar por el daño realizado.

Hasta aquí todo resulta claro y relativamente sencillo, al menos en la teoría. Pero el asunto de las papeleras es un poco más complicado todavía, ya que podría pensarse en un tipo de daño que no tiene marcha atrás, un daño irreversible. Es decir, puede ser que las papeleras no contaminen, pero ¿qué pasa si lo hacen y arruinan toda la orilla cercana a Gualeguaychú sin remedio? Para entonces podría ser tarde.

Este es el problema central del momento: un problema relacionado con el riesgo de daño, no con el daño mismo. Todo el tema gira alrededor de supuestos, no de hechos verificables. Una polémica interminable, ya que no se cree en las verificaciones presentadas por distintos estudios o en los efectos de plantas similares en otros lugares.

Una solución posible en el marco del análisis de los derechos de propiedad sería una “póliza de seguros” o una garantía por la cual las empresas Botnia y ENCE aseguraran que si los daños terminan siendo ciertos compensarían a cada uno de los damnificados (incluyendo volver a cada porción de territorio dañado al mismo estado en que estaba antes, si esto fuera posible).

Pero en el caso en que se temiera un daño irreversible, entonces la propuesta es directamente la prohibición de instalar las plantas.

Tal vez ésta sería una solución que calmaría los ánimos en Entre Ríos y permitiría superar el conflicto. Pero Nozick plantea otro lado del asunto que no haría las cosas muy fáciles para los que quieren que las plantas se cierren. Dice Nozick: “Cuando una acción de este tipo es prohibida a alguien porque podría causar daños a otros y resulta especialmente peligrosa, entonces aquellos que prohíben para ganar una seguridad adicional para sí mismos deben compensar a la persona que ha sido prohibida por la desventaja en que la colocan”.

¿Estarán dispuestos los que quieren eliminar las plantas a asumir ese costo? ¿O querrían tal vez que lo asumamos todos los argentinos?

 

Por Martin Krause

 

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