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El Liberalismo que América Latina necesita

  10 de Junio, 2006
 

 

¿Hay un nuevo escenario político en nuestros países? A mi juicio, lamentablemente, no. El corazón de América Latina sigue latiendo hacia la izquierda. En lo profundo de sus corazones y mentes, la mayoría de nuestros compatriotas mantuvo viva la llama revolucionaria y populista. ¿Cómo comprobamos esta situación? Cuando vemos que se ha producido una suerte de “círculo vicioso” en el que las ideas equivocadas han originado instituciones débiles, y que éstas, a su vez, han nutrido y fortalecido esas ideas erradas.

Siguiendo a Douglass North, el origen de las instituciones se encuentra en aquello que él definió con el término de “ideologías”. Éstas son construcciones sobre la realidad o, en palabras de North, “una forma comprensiva de entender el mundo (...) y (...) un juicio de valor sobre la justicia o limpieza de las instituciones y, en forma particular, de las relaciones de intercambio”.

Sucede que, a mi modo de ver, todas o gran parte de las percepciones, mitos y prejuicios que constituye la argamasa de las ideologías latinoamericanas tienen un código genético populista, revolucionario o socialista. Esa cosmovisión nutre a todos los sectores sociales, elites y masas, unificando sus odios, reconociendo sus intereses e incitándolos a la acción.

Esta ideología –o ideologías– latinoamericanas, desde el peronismo al aprismo, desde el indigenismo al bolivarianismo y la teología de la liberación, crean y dan respuesta a las leyes que son en realidad trampas, cuando no reflejos del poder –y donde la frase más común para graficar este comportamiento en el Perú es “hecha la ley, hecha la trampa”– a las “mordidas” mexicanas y “coimas” peruanas si nos pasamos una luz roja, a los reglamentos estalinistas e invasivos, a los parlamentos sometidos y corruptos, a los hombres fuertes y salvadores de la patria, a los mercados débiles e intervenidos, los Estados componedores de todos los entuertos inimaginables, a los empresarios mercantilistas, los sindicatos radicalizados y politizados, y esa debilidad institucional que es característica de nuestros países.

Pero este círculo vicioso no explica, por sí solo, que el corazón de América Latina haya continuado latiendo a la izquierda. Usando uno de los términos metodológicos de nuestros sempiternos adversarios, las “condiciones objetivas” del subdesarrollo latinoamericano no han variado sino que, por el contrario, se han fortalecido, y han dado vida nueva a la por un momento frágil llama revolucionaria y populista.

¿Cuáles son esas “condiciones objetivas”? Quisiera destacar tres. En primer término, la desigualdad económica, jurídica y cultural entre elites y masas en América Latina, que fomenta el racismo y la exclusión –los “cholos” peruanos, los “quichés” guatemaltecos, los “cabecitas negras” argentinos, menospreciados por sus respectivas elites, son sólo un botón de muestra de lo que se quiere decir–.

En segundo lugar, la alta tolerancia a la mediocridad, a la corrupción y a la impunidad de los latinoamericanos, que se refleja en particular en los modos de ser de la mayor parte de mexicanos, bolivianos y peruanos –donde, por ejemplo, para decir que un trabajo está hecho en forma apresurada y torpe, decimos que está hecho “a la peruana”– y, finalmente, el mercantilismo de nuestros empresarios, a quienes, salvo honrosas excepciones, llamaremos mejor “cazadores de privilegios”, siguiendo el acertado término de Alberto Benegas Lynch.

Lo más grave de todo es que, a esos tres problemas o condiciones objetivas, los liberales hemos dado siempre la respuesta equivocada. Hemos creído que la respuesta para resolver la desigualdad, la mediocridad y el mercantilismo es la economía y la comparación del porcentaje del crecimiento de los países más desarrollados que los nuestros.

A problemas vivos como una herida abierta los hemos ignorado, o, peor aún, los hemos pensando únicamente en términos de proyecciones y tendencias económicas, y cuando se nos ha forzado a dar una opinión, apenas hemos expresado ideas inconexas e insuficientes. En ese sentido, he de advertir que, si los liberales nos negamos a poner como puntos primeros de nuestras agendas académicas y políticas estos problemas, si no rompemos de una vez ese círculo vicioso de ideologías erradas e instituciones débiles, y si seguimos dando a unos y otros una respuesta exclusivamente económica, la izquierda seguirá anidando en mentes, corazones, partidos y gobiernos latinoamericanos, y el liberalismo seguirá siendo ese pensamiento minoritario, rechazado y malentendido que es hasta ahora, desde Tijuana hasta la Patagonia.

Ello no obstante, tengo la convicción de que la vida siempre da segundas oportunidades. Esta vez los liberales no nos podemos equivocar. El escenario desarrollado nos obliga a replantear nuestras tareas y acciones, y el modo cómo concebimos la libertad que defendemos.

La primera de ellas es hacer del liberalismo una verdadera ideología. Sólo se puede enfrentar una ideología con otra ideología. Sólo se puede enfrentar un mito con otro mito. Al rostro beatífico, de santo laico, del Che Guevara, tenemos que oponer la faz heroica de Alberdi o de Juárez. No se puede enfrentar la ideología o el mito colectivista con el vacío, con un discurso frío y sin emoción, o con una fórmula algebraica. Los liberales, por tanto, para romper ese círculo vicioso que he descrito, tenemos que reemplazarlo por el círculo virtuoso de la ideología liberal, que crea y nutre instituciones fuertes, y que también la alimenta.

Para eso debemos tener claro que la ideología liberal debe cautivar y seducir. Debe hacer un llamado a la íntima conciencia de los latinoamericanos. Una ideología debe, en una palabra, inspirar, y para hacerlo debe tener lo mejor de nuestras tesis liberales y de nosotros mismos.

Por regla general, las gentes siguen ideas y ejemplos que les susciten valor, integridad, sacrificio y esperanza. La utopía de un mejor mañana tiene una vigencia esencial, casi inaudita diríamos, en toda América Latina, y por esa idea, como bien sabemos, los latinoamericanos son capaces de mover montañas. La ideología liberal debe prometer una utopía, debe ofrecer un sueño.

Preguntémonos, entonces, ¿Dónde está esa utopía liberal por la cual una persona sería capaz de hacer ese supremo esfuerzo? ¿Cuál es el ejemplo liberal, inspirador y pleno de valores, que permite que esa persona lo siga con convicción y genere esa transformación de la que los liberales siempre hemos hablado? Si queremos terminar de una vez y para siempre con ese rechazo que nos acompaña y nos pesa como un fardo de malas acciones en las buenas conciencias, tenemos que crear la utopía liberal. Es decir, imaginar el reino soñado por todos los liberales, nuestra patria libre.

En ese país que soñamos los liberales todas las libertades serán plenas, todos los derechos respetados, habrá verdadera justicia y paz. La prosperidad se extenderá como un manto bienhechor entre todos sus integrantes, y todos tendrán su parte de bienestar, en la medida de sus talentos, su creatividad y sus esfuerzos. En suma, para que lo que creamos se haga realidad debe ser un sueño, pues, siguiendo al poeta Carl Sandurg, “la libertad es un sueño. Pero nada sucede si no es primero un sueño”.

En tercer lugar, las gentes siguen con fervor una idea o ideología, cuando quienes la enarbolan son personas creíbles, audaces, íntegras. Eso dota a esa idea justamente de credibilidad, audacia e integridad. Para hacerlo, de los auténticos liberales se debe decir, “nunca se rindieron, nunca se vendieron, nunca retrocedieron”.

Ése tipo de comportamiento convoca, seduce, inspira. Ése fue el comportamiento de Mises y de Alberdi, así como tantos otros, no lo olvidemos. Ellos defendieron el liberalismo contra todos y con todo en contra. Promover en forma denodada su imagen, –mitificarla, e incluso inventarla, diríamos– debe ser nuestra respuesta contra los mitos creados desde la izquierda, y que motivan a tantos en la dirección equivocada, y creando las débiles y fracturadas instituciones que tanto criticamos. Por eso no deben todos aquellos quienes vendieron al liberalismo por un plato de lentejas.

No quisiera dejar de mencionar que, además de esos atributos, las personas que enarbolen la ideología liberal en nuestros partidos y organizaciones, deben tener el rostro y apellido de las masas y no de las elites. La libertad tiene el rostro abnegado de la madre soltera latinoamericana, que trabaja 12 horas diarias por un mejor futuro para sus hijos; y el del empresario que debe sortear mil y una dificultades administrativas para surgir y progresar.

Si queremos quitarnos la acusación de derechistas, racistas y excluyentes que nos persigue, el liberalismo latinoamericano tiene que ser esencialmente popular. Creo que no hay mejor manera de demostrar que el liberalismo está contra la desigualdad, la exclusión y el racismo que dotarlo del rostro del pueblo latinoamericano.

Finalmente, para que la ideología liberal asiente definitivamente en las mentes y los corazones de los latinoamericanos, tiene que proponer unos modelos positivos de comportamiento. Uno de nuestros más grandes errores intelectuales ha consistido en que, al defender que la libertad significa que cada uno pueda hacer lo que quiera, menos lesionar los derechos del otro, entonces la libertad no preconiza ningún modelo de comportamiento en particular, puesto que seguir o no alguno de esos modelos está sujeto al libre arbitrio de las personas.

Este argumento es un error terrible, que nos ha generado un gran flanco en el que se han encarnizado nuestros adversarios. Si los liberales no preconizamos ni defendemos ningún modelo de comportamiento, entonces para nosotros da lo mismo el ocioso que el diligente, el sensualizado que el hacendoso, o, como en el tango Cambalache, “lo mismo un burro que un gran profesor”, mientras no viole los derechos del otro. Esto ha hecho que la izquierda y los conservadores hayan hecho suyos modelos de comportamiento como la vida según el ahorro antes que según el despilfarro, el ideal de la superación personal mediante el sacrificio y el trabajo antes que por la riqueza heredada.

Asimismo, el ideal de la excelencia frente a burda mediocridad, la creatividad, la innovación, y la competencia frente a la ociosidad, el de la vocación de servicio al prójimo y, en suma, todos los sentimientos que hacen noble y digno al humano actor. Me pregunto, ¿Acaso no son esos los modelos de comportamiento que inspiraron los padres fundadores del liberalismo latinoamericano, como por ejemplo Alberdi, Villafuerte, Juárez, Químper o Martí? ¿No son esos los valores forjados por los capitanes de la industria y los capitalistas que empezaron desde abajo y obtuvieron con su sudor y esfuerzo grandes fortunas? ¿Porqué los hemos olvidado?

Lo peor de todo es que las masas asocian esos positivos modelos de comportamiento con cualquiera de las ideologías latinoamericanas, menos con la liberal, que fue la que le dio origen y carta de ciudadanía. Por lo tanto, nuestro deber es recuperar esas banderas.

Insisto. Recuperar las banderas que izquierdistas y conservadores nos han quitado: la lucha contra la desigualdad, el racismo y la exclusión han sido siempre nuestras. Encandilados por la economía, se las hemos entregado a nuestros adversarios. Es nuestro deber reivindicarlas.

El poeta Robert Frost escribió: Dos caminos divergen en un bosque, y yo tomo el menos transitado, y eso ha hecho toda la diferencia. El camino que propongo en este Congreso es, en efecto, el más difícil.

Hay que proponer una ideología liberal. Hay que ofrecer una utopía liberal. Hay que hacerlo con el rostro y los modos de las masas latinoamericanas. Hay que hacerlo proponiendo los mejores modelos de comportamiento que se crearon gracias a la libertad. Hay que hacerlo con partidos liberales, pues ya no debemos confiar en que los socialistas aggiornados o los conservadores hagan nuestro trabajo. Y hay que tomar las banderas de los problemas más álgidos de nuestros países, que son también las razones por las cuales el liberalismo, a pesar de tener a su lado la razón y la historia, no tiene el corazón de nuestros compatriotas. Pero ése es el camino que hará toda la diferencia. Ése es el liberalismo que América Latina necesita. Yo los invito a seguirlo.

 

Por Héctor Ñaupari

 

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