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Biblioteca Municipal de Magdalena del Mar, 4 de agosto, 2006.
Damas y caballeros presentes. Amigos todos.
Representa un singular privilegio para mí poder comentar este libro “Políticas liberales exitosas, soluciones pensando en la gente” que nuestro distinguido invitado, Gustavo Lazzari, presente hoy entre nosotros, y Martín Simonetta, directivos ambos de la Fundación Atlas de Argentina, han llevado a cabo con su reconocida competencia y fervor por las ideas de la libertad, y que ha contado con el apoyo de la Fundación Friedrich Naumann y la Red Liberal de América Latina, de la que me honra ser Vicepresidente.
Conozco a Gustavo Lazzari desde hace tres años, en los diversos escenarios en los que la difusión del liberalismo nos ha hecho coincidir.
El privilegio al que he aludido tiene que ver con el hecho de ser justamente en nuestra patria, el Perú, donde puedo dar cuenta, por vez primera, pública y simultáneamente, de los talentos y virtudes de Gustavo, y del magnífico libro que ha editado.
En efecto, “Políticas liberales exitosas” hace un necesario recuento de todas las reformas que han conducido, de manera indudable, a una mayor prosperidad y bienestar material a miles de personas empobrecidas de nuestra América, así como de Asia y Europa.
Este libro nos ofrece una verdad irrebatible, inmensa como cualquiera de nuestras catedrales y basílicas: que economías más abiertas, encaminadas hacia el crecimiento, la transformación y el cambio permanente que ofrecen el comercio libre, la competencia creativa y abierta, y sostenidas en leyes e instituciones respetadas por todos, desde el más encumbrado hasta el más humilde de nuestros ciudadanos, mejora nuestra calidad de vida y la de nuestros hijos, y en general de personas concretas, de carne y hueso, y les permite alcanzar el progreso no como una dádiva sino como resultado de su capacidad, conocimiento y trabajo.
Así, el apego a la verdad que tiene Gustavo Lazzari, una de sus mayores virtudes, y de la cual me honro en ser testigo de excepción, se plasma en este libro como la obra de un pintor en un lienzo en blanco.
De esta manera, “Políticas liberales exitosas” nos muestra, con meridiana claridad, cómo éramos en realidad muy pobres antes de que estas reformas se implementaran, y que la causa de esa pobreza y miseria sin fin eran justamente las políticas económicas erróneas que en nombre de los pobres se invocaban.
Sin embargo, hay que reconocer que, al menos en eso, tuvieron éxito: dichas políticas gustaban tanto de los pobres, que multiplicaron su número de miles a millones.
Del mismo modo, este libro nos muestra cabalmente nuestra frágil memoria. Hemos olvidado que antes del proceso de reformas conseguir un teléfono propio en nuestro país demoraba más de veinte años; que en treinta años en el Perú pasamos de tener una creciente cobertura de energía eléctrica en las principales ciudades del país, realizada por empresas privadas, a no tenerla en todo el territorio nacional, cuando su provisión estaba en manos del Estado, y que en esos mismos años nuestra moneda, que estaba convirtiéndose, poco a poco, en una de las más sólidas del continente durante los años sesenta, dejó sostenidamente de serla, escurriéndose como agua entre los dedos de los peruanos, hasta valer menos que el papel en que era impresa.
Los artículos brillantemente reunidos por Lazzari y Simonetta desenmascaran, del mismo modo, la falsedad de aquellos que sostienen que hoy, a causa de esas reformas, somos más pobres. Por el contrario, hoy somos mucho menos pobres de lo que fuimos gracias al estatismo.
Lo más trágico de todo esto es que no teníamos porqué tomar ese trago amargo. Pese a nuestras dificultades, hace cuarenta o treinta años, nuestros países, incluyendo al Perú, éramos más prósperos que Irlanda o Singapur, ejemplos citados en este libro.
Ahora tenemos que lidiar con la pobreza heredada y acumulada por cuatro décadas de errores, competir con los países que, siendo más pobres que los nuestros en su momento, tomaron las decisiones correctas, encontrando los nichos de mercado más apropiados para sus economías, y enfrentar las urgencias de la actualidad, todo ello al mismo tiempo. En una palabra, ahora es más difícil.
Este libro también hace patente una advertencia: quien no aquilata sus errores vive condenado a repetirlos. Cada una de las medidas que desde los años setenta crearon empresas públicas, confiscaron los negocios privados, y sumergieron a nuestros países en la pobreza, fueron aplaudidas y respaldadas por un número significativo de nuestros compatriotas. Esas mismas medidas siguen siendo vitoreadas el día de hoy, incluso, por amigos, vecinos y personas que conocemos.
Ahora bien, que esto haya sido así y así continúe motívame a preguntarme ¿porqué, a pesar de lo exitosas que son estas políticas liberales, no tienen respaldo ciudadano o, cuando éste aparece, es débil y mediatizado?
Más allá de las consabidas respuestas respecto a que muchas de estas reformas se hicieron sin convicción, o fueron parciales, incompletas, y estuvieron seriamente comprometidas con actos de corrupción, el escaso apoyo que tales medidas han recibido se debe a que no ha habido, de parte de los liberales, el liderazgo suficiente para defender nuestras ideas en general, y en particular, aquello de provechoso y bienhechor que han tenido tales políticas, así como también de denunciar con firmeza la corrupción que lamentablemente las ha envuelto.
Permítaseme ahora, en atención a este último argumento, brindarles una reflexión final sobre las tareas que debemos acometer los liberales en la hora presente.
La primera de ellas es hacer del liberalismo una verdadera ideología. Sólo se puede enfrentar una ideología con otra ideología. Sólo se puede enfrentar un mito con otro mito. Al rostro beatífico, de santo laico, del Che Guevara, tenemos que oponer la faz heroica de Juan Bautista Alberdi o de Benito Juárez.
No se puede enfrentar la ideología o el mito colectivista con el vacío, con un discurso frío y sin emoción, o con una fórmula algebraica. Para eso debemos tener claro que la ideología liberal debe cautivar y seducir. Debe hacer un llamado a la íntima conciencia de los latinoamericanos. Una ideología debe, en una palabra, inspirar, y para hacerlo debe tener lo mejor de nuestras tesis liberales y de nosotros mismos.
Por regla general, las gentes siguen ideas y ejemplos que les susciten valor, integridad, sacrificio y esperanza. La utopía de un mejor mañana tiene una vigencia esencial, casi inaudita diríamos, en toda América Latina, y por esa idea, como bien sabemos, los latinoamericanos son capaces de mover montañas.
La ideología liberal debe prometer una utopía, debe ofrecer un sueño. Preguntémonos, entonces, ¿dónde está esa utopía liberal por la cual una persona sería capaz de hacer ese supremo esfuerzo? ¿cuál es el ejemplo liberal, inspirador y pleno de valores, que permite que esa persona lo siga con convicción y genere esa transformación de la que los liberales siempre hemos hablado?
Entonces, si queremos que las políticas liberales sean verdaderamente exitosas, tenemos que crear la utopía liberal. Es decir, imaginar el reino soñado por todos los liberales, nuestra patria libre. En ese país que soñamos los liberales todas las libertades serán plenas, todos los derechos respetados, habrá verdadera justicia y paz.
La prosperidad se extenderá como un manto bienhechor entre todos sus integrantes, y todos tendrán su parte de bienestar, en la medida de sus talentos, su creatividad y sus esfuerzos. En suma, para que lo que creamos se haga realidad debe ser un sueño, pues, siguiendo al poeta Carl Sandurg, “la libertad es un sueño. Pero nada sucede si no es primero un sueño”.
En tercer lugar, las gentes siguen con fervor una idea o ideología, cuando quienes la enarbolan son personas creíbles, audaces, íntegras. Eso dota a esa idea justamente de credibilidad, audacia e integridad. Para hacerlo, de los auténticos liberales se debe decir, “nunca se rindieron, nunca se vendieron, nunca retrocedieron”. Ése tipo de comportamiento convoca, seduce, inspira. Ése fue el comportamiento de Mises y de Alberdi, así como tantos otros, no lo olvidemos. Ellos defendieron el liberalismo contra todos y con todo en contra.
Finalmente, para que la ideología liberal asiente definitivamente en las mentes y los corazones de los latinoamericanos, tiene que proponer unos modelos positivos de comportamiento.
Uno de nuestros más grandes errores intelectuales ha consistido en que, al defender que la libertad significa que cada uno pueda hacer lo que quiera, menos lesionar los derechos del otro, entonces la libertad no preconiza ningún modelo de comportamiento en particular, puesto que seguir o no alguno de esos modelos está sujeto al libre arbitrio de las personas.
Este argumento es un error terrible, que nos ha generado un gran flanco en el que se han encarnizado nuestros adversarios. Si los liberales no preconizamos ni defendemos ningún modelo de comportamiento, entonces para nosotros da lo mismo el ocioso que el diligente, el sensualizado que el hacendoso, o, como en el tango Cambalache, “lo mismo un burro que un gran profesor”, mientras no viole los derechos del otro.
Esto ha hecho que otros hayan hecho suyos modelos de comportamiento como la vida según el ahorro antes que según el despilfarro, el ideal de la superación personal mediante el sacrificio y el trabajo antes que por la riqueza heredada.
Asimismo, el ideal de la excelencia frente a la mediocridad, el de la competencia frente a la ociosidad, y, en suma, todos los sentimientos que hacen noble y digno al humano actor.
Me pregunto, ¿acaso no son esos los modelos de comportamiento que inspiraron los padres fundadores del liberalismo latinoamericano, como por ejemplo Alberdi, Villafuerte, Juárez, Químper o Martí? ¿No son esos los valores forjados por los capitanes de la industria y los capitalistas que empezaron desde abajo y obtuvieron con su sudor y esfuerzo grandes fortunas? ¿porqué los hemos olvidado?
Ahora bien, hay quienes sostienen que los liberales debemos esperar el mejor escenario para difundir nuestras ideas. Mi impresión es completamente opuesta. Los escenarios dependen –y lo sabe bien quien gusta del teatro– de los actores involucrados. Los actores hacen los escenarios, los empequeñecen o engrandecen según sus propios talentos y experiencia.
De modo que no es verdad que debamos esperar a que haya un mejor escenario para difundir nuestras ideas, apelando con ello a una suerte de inmovilismo que todo lo aliena, bien por el miedo a perderlo todo o, peor aún, apremiados por una pseudo sofisticación intelectual que confía la resolución de nuestros graves problemas a la divina providencia, y que, en lugar de convencer al pueblo de los beneficios del estado de derecho y de la economía libre, se desgasta en demandar a los demás liberales, como hasta ahora lo hacen los marxistas ortodoxos, una consistencia ideológica que nunca es la propia y que es, en realidad, inútil e impertinente para las urgentes tareas que demanda la hora actual.
Preguntémonos, entonces, ¿si no somos nosotros? ¿quiénes? ¿si no es ahora, cuándo?
La hora actual y la encrucijada en la que se debate el liberalismo en el Perú y en América Latina toda, en el que parece batirse en retirada o pelear de antemano una batalla perdida, demanda un singular esfuerzo y fidelidad de nuestra parte.
Ese esfuerzo y esa fidelidad suponen deponer de una vez y para siempre los egos insufribles, las ciegas envidias y los odios sin sentido en los cuales los liberales, en el Perú y en otras partes, nos hemos enfrascado, usando las ideas como coartada de esos apetitos y perversiones, pretendiendo posar como doctrinarios para ocultar nuestras propias miserias, y en las que continuamos, a pesar de saber que sólo reflejan nuestra pobreza de espíritu y nuestra total ausencia de lealtad a la causa que decimos defender.
Esa fidelidad exige una confianza en nuestras propias fuerzas, una intensa capacidad de soñar, de proponer nuestra utopía libertaria, y una dosis necesaria de creatividad, sensatez, criterio, realismo y sentido de las proporciones para exponerla a un público que, desde la cuna hasta la tumba, es adoctrinado sin descanso y sin concesiones por los adversarios de la libertad.
A renglón seguido, he de advertir que los liberales de la actualidad nos hemos creído que lo tenemos todo en contra y que, por eso, renunciamos a defender y difundir nuestras ideas y estar a la altura de ellas. Esto no sólo es falso sino que muestra la arrogancia fatal que tanto criticamos en nuestros adversarios.
Por citar rápidamente algunos ejemplos, los escoláticos salmantinos y sus libros quemados públicamente, Hume en su destierro, Mises con sus libros convertidos en llamas por el tercer Reich, Ayn Rand, Karl Popper y Hayek huyendo cual fugitivos de sus hogares, Juan Bautista Alberdi muriendo en la más absoluta miseria, ellos sí lo tuvieron todo en contra.
No olvidemos que el día de hoy los liberales podemos apelar a hechos concretos, a la historia reciente, a circunstancias que sólo fueron imaginadas o deducidas por los intelectuales nombrados y a los que admiramos, y que por decirlas y probarlas sufrieron la persecución, el destierro y la muerte civil por parte de sus opositores. Hoy, que muchos llaman héroe al Che Guevara, debería ser nuestro deber mostrar que estos héroes, nuestros héroes, fueron siempre consecuentes con sus ideas, sin tener que matar a nadie por ellas, ni hacer matar a nadie en su nombre.
Por último, quiero insistir que esa fidelidad y ese esfuerzo a los que aludo deben encarnar en un sueño. El sueño de un Perú y una América Latina libre, próspera, pacífica, con cultura y bienestar. El sueño por la que nuestros antecesores y mártires dieron lo mejor de sí, teniendo todo en contra. Ése es el sueño que recorre este libro en cada una de sus páginas, y cuya lectura recomiendo intensamente. Es el camino difícil, es verdad, y es también riesgoso, pero, como dice el poeta, es el único que hará toda la diferencia. Hagámoslo ahora, y juntos.
Muchas gracias
Por
Héctor Ñaupari
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