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Propiedad privada y las razones que tienen los delfines para envidiar a las vacas

  14 de Junio, 2006
 

 

¿Se imagina usted que en unos años estemos discutiendo sobre las medidas a adoptar para impedir que los perros y los gatos se extingan definitivamente? Ese supuesto parece improbable, por no decir, casi impensable. Muchas veces nos lamentamos de la grave situación que atraviesan algunas especies animales, muchas de las cuales se encuentra en un real peligro de desaparición. Dicho diagnóstico, casi siempre, va a acompañado de una lista de medidas regulatorias como periodos de veda, prohibiciones de caza y otras, ante la necesidad de evitar el trágico final de dichas especies. Desafortunadamente, estas medidas lejos de ayudar creo que complican la situación, cuando una medida eficiente para impedir la proliferación de animales en peligro de extinción, puede ser encontrada en la Propiedad Privada.

Y es que la propiedad nos otorga el marco legal para la asignación de los recursos; constituyéndose en el mecanismo ideal para generar incentivos a la producción, creación, y progreso en general. Ello parte de la constatación de que, si no se otorgara algún tipo de derecho a quienes producen o crean algo sobre el objeto de su producción o creación, no habrían incentivos para invertir o continuar con la actividad realizada, aunque su realización hubiese sido deseable en términos de eficiencia. Por otro lado, la existencia de un “bien libre”, es decir, sobre el cual no sea posible ostentar una titularidad con carácter de exclusiva; genera desincentivos para su desarrollo, cuidado y protección, debido a que los beneficios de una inversión en dichos recursos serían bajos ante la imposibilidad de aprovechamiento de los mismos.

Luis Pazos contaba en un artículo que leí hace ya algún tiempo que “cuando la gente descubrió que la carne de res o la de pollo podía ser sabrosa, se incrementó la demanda. Eso pudo haber puesto en riesgo a las especies. Pero felizmente hubo gente que se propuso hacer dinero en base a esa demanda. Y entonces se pusieron a criar ganados de toros y vacas y galpones de pollos. Pero nadie crea reses o aves si no tiene derechos claramente definidos sobre ellos, (la existencia de dichos derechos bien definidos) garantiza una explotación racional del recurso, porque el más interesado en la reproducción y el mantenimiento de los “stocks” adecuados, son los mismos que venden la carne de esos animales” ( PAZOS, Luis. “Las Gallinas… ¿en peligro de extinción?” En: Estudios Privados. Lima. Año III, Nº 3. Pág. 45 .).

El no reconocimiento de “ property rights ” sobre, por ejemplo, los delfines o las tortugas marinas; hacen que dichos animales sean como “bienes libres”, nadie se preocupa por ellos, debido a que no existen incentivos para su cuidado y desarrollo; por su propia calidad de “libres” y por tanto, apropiables por cualquiera. Así, Enrique Ghersi ha señalado que “el factor de producción más importante de los recursos naturales ya se trate de fauna o flora, es su separación de cualquier sistema de apropiación colectiva. Las especies que desaparecen son aquellas que no tienen ningún derecho específico de propiedad que las proteja” ( GHERSI SILVA, Enrique. “La Privatización del Mar” En: Advocatus Nueva Época. Año I. 1998) .

Creo que concediendo a los animales en propiedad privada se permite otorgar a) facultades de excluir de la apropiación colectiva y b) incentivos para la maximización de la producción, incrementando el número de animales y reduciéndose sistemáticamente la extinción. Por eso es que me da la impresión de que los ecologistas que “quieren impedir la extinción de las especies” mediante leyes, regulaciones, limitaciones a la competencia y prohibiciones, finalmente apoyan un sistema que considera a las mismas como “bienes libres”, ergo, no susceptibles de apropiación”, con lo cual, cada uno puede coger sus mejores instrumentos, y empezar a cazar a discreción.

A diferencia de los delfines, por ejemplo, las vacas si se encuentran beneficiados por la apropiación y comercialización. En las vacas se invierten recursos porque comercializándolas (o su carne) se hace plata. Así, vale la pena invertir porque existe una posibilidad de ganar con dicha inversión. En cambio, en un sistema en el cual no me puedo apropiar de los beneficios de la inversión en los delfines (ya que no puedo cazarlos, ni vender su carne) simplemente existe la preferencia por abstenerme de realizar la inversión o tratar de comercializarlos fuera de la ley (es decir, integrarme a una suerte de mercado negro de compra y venta de animales).

En esa línea, parece ser que el discurso que exige prohibiciones para proteger animales, les hace en realidad un flaco favor a quienes buscan ahorrarse el costo de la legalidad (ya que violar la ley parece mas rentable que cumplirla por “las puras”) Si nosotros no modificamos el discurso y no terminamos de entender que la propiedad privada genera los incentivos correctos para proteger a los animales e incentivar las inversiones en su cuidado; los delfines estarán eternamente condenados a envidiar a las vacas. Si es que logran sobrevivir, claro está.

 

Por Gustavo Rodríguez García

 

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