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Sinceramente, a quien esto escribe, cada día que pasa le entusiasman menos las próximas elecciones presidenciales. Es por lo menos la tercera elección de este tipo en que gran parte del electorado se enfrenta a la posibilidad de elegir “el mal menor”. Nadie convence a nadie, parece ser el espíritu que anima a gran parte de los peruanos. Igual que pasó con la elección del actual Presidente. Poco entusiasmo, mucha resignación.
Algunos a esto le llaman “fiesta”. Fiesta democrática, le dicen. Pero a muchos, no nos anima en absoluto no sentirnos representados. A lo mucho, parece feria de pueblo chico. Muchos carteles anunciando sonrisas frívolas, como si hubiera de algo de qué reírse en el Perú. Pero no es fiesta. Y por eso, a muchos nos gustaría no tener que ir a votar. Menos aún si la “fiesta” implica coaccionar mi voluntad, la cual si la ejerzo en este caso, no afecta a nadie.
El voto es el instrumento por excelencia de la expresión de la voluntad popular en un sistema que se precie de ser democrático. Esa expresión puede adquirir diversos matices, entre los cuales está la elección de ciudadanos para ocupar cargos públicos o de una determinada política nacional, como en el caso de un referendum . Además el voto es libre, o mejor dicho, cada cual es libre de votar por cualquier opción o por ninguna. Pero no es libre, sin embargo, para elegir no participar del acto electoral. Es decir, no votar. Entonces, ¿es libre?
Estemos seguros que, dentro de pocos días, el gobierno hará circular en los medios publicidad amenazante al ciudadano, en que se le dirá que es “libre” de volverse un paria, un excomulgado, un ser sin derechos a cobrar una deuda o conseguir un trabajo, para lo cual lo único que debe hacer es no votar ¿Será cierta tanta belleza referida a que vivimos en una sociedad amante de la libertad de los individuos y que el Estado no se entromete en nuestros asuntos privados? Es muy raro explicar el espejismo que a muchos peruanos lo hace sentir que viven en una sociedad liberal, cuando la realidad está muy alejada de esta percepción vigente en el imaginario social.
Porque ¿acaso no es un asunto de cada uno si vota o no vota, o si se casa o no lo hace? Si el acto de votar, o no hacerlo, no afecta a la sociedad, dejemos que lo hagan los que desean hacerlo, pues no todos los ciudadanos tienen por qué participar de la efervescencia electoral en determinados procesos. En algunos sí y en otros no, dependiendo de la evaluación que cada individuo deba hacer de la situación política en un momento determinado.
Obligar a la gente a votar es ejercer un poder de coacción monopólico frente a un mercado cautivo. Peor aún, porque en un monopolio económico el consumidor tiene la opción de no consumir, sin represalias directas. En el caso del voto coactivo hay una contrapartida expresa y directa de perjuicio personal. Entonces cabe preguntarse cómo se puede argumentar que determinado proceso electoral ha sido "un éxito", como se dice siempre, debido a que "el pueblo acudió masivamente a las urnas" si no existe la libertad necesaria para elegir y de esa manera pulsear el sentir ciudadano.
Por otro lado una elección no tiene que ser un fracaso porque voluntariamente hubo gente que no votó. Los interesados que votaron tranquilamente pueden legitimar un proceso porque se puede interpretar que el que calla, otorga. Los que no votaron implícitamente estarían delegando la facultad de elegir a los que desearon participar. Luego, no es el número ni la proporción de votantes los que legitiman una elección o la invalidan, y ahí está el ejemplo de los Estados Unidos y de otros países desarrollados en los que el voto es voluntario.
Son otros factores los que vician de nulidad un proceso y por tanto la obligatoriedad del voto eventualmente podría tender un manto de evidente textura encubridora. Pero nos preguntamos qué hay detrás de esta obsesiva disposición que ha trascendido décadas de procesos electorales en nuestro país. Nuestra lectura apunta a que, en el fondo, no se le tiene fe al ciudadano peruano. Se piensa, o mejor dicho, "los políticos iluminados – y sus burocracias adscritas - piensan" que el grueso de la población no entiende de democracia ni de expresión popular y que hay que crearle la conciencia de que el voto es bueno. Entonces debiéramos aplicar el mismo criterio para que los peruanos seamos obligados a comer quinua, kiwicha y pescado en todas nuestras comidas para "crearnos el hábito". O para comer pan de hoja de coca en vez de pan francés. O para decidir cuántos hijos tener. Y así, sucesivamente. En otras palabras, la democracia pareciera que sólo se vende en un mercado cautivo y protegido.
Craso error. La democracia y su expresión en el voto se van a "vender" solos cuando los ciudadanos de este país encuentren respuesta del sistema a la satisfacción de sus necesidades y a su natural intención de mejorar su bienestar. El día que los ciudadanos sientan y piensen de verdad que determinadas autoridades están calificadas para llenar sus expectativas, en términos de mejora en su bienestar, tengamos por seguro que estarán dispuestos hasta incluso pagar para ejercer el derecho a voto.
Lo grave es que se sigue tratando al ciudadano común como un párvulo político. De esta forma, acciones espectaculares como el otorgamiento del voto a más y más grupos de ciudadanos - los menores de veintiún años, las mujeres, los policías, los militares y los analfabetos, etc. - carecen de eficacia práctica, quedando sólo a nivel efectista para la foto. No contribuyen a la docencia política, sino solamente son fuente del aplauso efímero. Sólo dejando que el niño se golpee de vez en cuando, aprenderá. De lo contrario nunca seremos una nación adulta con ciudadanos que puedan valerse por sí mismos sin esperar que vengan los salvadores de afuera – o los “mesías” de adentro - a decirnos cómo tenemos que hacer nuestras cosas .
¿Cómo pueden ser elecciones libres si el propio acto eleccionario es obligatorio, coercitivo y basado en la intimidación? La libertad de votar debe ser defendida con igual vigor que la libertad de no hacerlo. Seamos de una vez una nación de hombres y mujeres adultos, en la cual la intimidación pública sea historia desterrada. Aunque a unos pocos de la oligarquía política no les convenga que así sea.
Por Eugenio D' Medina Lora |
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