Sólo existe la ciudadanía si existe la libertad. No puede haber ciudadanos que no sean libres, porque quién está sujeto a la voluntad de alguien más allá del estado de derecho, es simplemente un habitante, jamás un ciudadano, pues no puede ejercer sus derechos a cabalidad.
Constituye un derecho humano, pero también conlleva una altísima responsabilidad. Especialmente si la condición de ciudadano genera el derecho a voto. El voto es una externalidad, una acción humana por la cual una persona puede generar beneficios o costos a los demás sin convertirse en destinatario de dicha acción. Entonces, es fundamental, para el funcionamiento de cualquier colectivo social, en democracia, que cada poblador sea un ciudadano. Y esto implica la libertad cabal de decidir con las mínimas asimetrías de información.
Libertad es hacer lo que cada quién juzgue como mejor decisión según su entender individual, sobre la base del cumplimiento de reglas sociales aceptadas por un colectivo ciudadano, reglas que conforman el Estado de Derecho. Reglas que no pueden ser cambiadas a discreción y medida de quienes tienen el mandato – i.e. encargo ciudadano – de manejar el estado en un momento dado y por tiempo determinado. La libertad requiere un rayado previo de la cancha, definir qué estamos jugando y construir las reglas, para que de ahí en más, cada quien se ocupe de aprovechar sus oportunidades, beneficiarse de las acertadas decisiones que tome y responsabilizarse individualmente por las consecuencias de sus acciones.
La libertad es indivisible. La libertad económica y la libertad política son caras de la misma moneda. No puede existir una bajo la negación de la otra. Toda acción estatal que bloquee, entorpezca o impida la libertad económica, excediendo los límites de las reglas del juego, constituye un acto de coacción política también. Y toda acción estatal que violente los derechos individuales para constituir regimenes contrarios a la libertad política, no pueden generar libertad económica. A lo sumo, pueden cobijar el mercantilismo y el privilegio económico, jamás la libertad económica. No es posible construir libertad económica bajo regímenes autocráticos o violadores de los derechos humanos.
Las elecciones presidenciales peruanas, como en general las que se están produciendo en Latinoamérica, no son para definir modelos económicos o beneficios de grupo. Ahora se juega más que eso: la elección de un tipo de sociedad, una definición entre las visiones colectivista y liberal como forma de conceptuar el funcionamiento óptimo de la sociedad. Nos pone entre dos alternativas: o aceptamos una sociedad en que el Estado tenga mayor presencia que no debe – y menos en lo que sí es su responsabilidad – o escogemos el camino de la libertad con respeto a mayorías y minorías en una sociedad sin privilegios para grupos de poder – sean de carácter empresarial, sindical o de cualquier otra índole.
Lamentablemente, no se plantea así el problema abiertamente en esta campaña, entre otras cosas, por la chatura del debate intelectual, prácticamente desterrado de las últimas compulsas electorales. Parece que solamente interesa ahora entrar a un Congreso a como de lugar, hacer mucho marketing para fortalecer imagen, aunque para ello se apliquen liposucciones ideológicas que, por extremas y forzadas, están produciendo esperpentos irreconocibles. No se va a dar este debate porque no es vendible electoralmente hacer pensar mucho al elector. Entonces el debate entre las opciones presentadas no se produce, aunque en el fondo de esto es de lo que se trata esta campaña.
Nuestra apuesta abierta es por la segunda opción. En este contexto, un gran objetivo nacional debería ser coadyuvar acciones conducentes a construir ciudadanía sobre la base de los valores de la libertad y en abierto antagonismo con las tesis colectivistas que interpretan a las sociedades como burocracias maquinales compuestas de engranajes dirigidos desde la intervención estatal. No será un objetivo electoral a corto plazo, ni parte de las agendas chatas que caracterizan a las opciones políticas actuales. Es un objetivo para la próxima década.
Si esto es un objetivo, podemos concebir a la sociedad como una sumatoria viable de individuos libres en coexistencia con un Estado de Derecho que los protege y que les permita desarrollarse sobre la base de sus intereses convergentes y de sus particulares y diferenciadas aptitudes y capacidades. Para cristalizar esta visión, es imprescindible la construcción de una democracia sustentada en la adscripción irrestricta al Estado de Derecho, en la cual se respeten a los individuos sin importar su condición social ni económica. Y también, una democracia que se adhiera a la autodeterminación ciudadana de las poblaciones de las regiones del interior, el fortalecimiento de la economía de mercado como sistema predominante de intercambio y la limitación del poder de los gobiernos.
Como consecuencia de la necesidad imperativa de esta construcción democrática, se convierte en una condición clave y crítica el fortalecimiento de la ciudadanía. Y esta ciudadanía, como se ha visto, sólo se logra bajo un sistema de libertad. Esta es la misión que los que creemos en las sociedades libres tenemos por delante : realizar acciones para impulsar, fortalecer y desarrollar condiciones coadyuvantes para empoderar de ciudadanía a la mujer y al hombre de nuestra sociedad y de nuestro tiempo.
La tarea siendo dura, y con miras a la próxima década, ya presenta una pista por donde empezar: el referente es la libertad.
Por Eugenio D' Medina Lora |