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El Anti-liberal Pinochet

  11 de Diciembre, 2006
 

 

La muerte del dictador Augusto Pinochet no marcará nada de aquí en adelante. Lo que tuvo que marcar, lo hizo para los chilenos mientras estuvo en vida. Para bien o para mal.

Pero hay una lectura que trasciende a su propio país. No existe atentado a los derechos humanos ni violación a la vida, en cualquiera de sus formas, que sea tolerable en gobernante alguno, sea de la ideología que sea. Y así como es una reptante maledicencia del socialismo internacional haber pretendido identificar a Pinochet con las políticas del libre mercado y la apertura comercial, igualmente es repudiable que algunos defensores de dichas políticas pretendan que la implementación de las mismas requiere, como condición necesaria para garantizar su eficacia, de gobiernos autoritarios y dictatoriales.

La única virtud que tuvo el gobierno de Pinochet, fue que pudo ser persuadido de aplicar políticas económicas que, es los tempranos setentas, eran a contracorriente de lo que marcaba el ritmo latinoamericano. Porque lo único que pueden exhibir los seguidores del militar chileno, como logro real, es el innegable éxito que ha tenido Chile desde la aplicación de políticas económicas aperturistas desde hace tres décadas.

Sin embargo, no puedo caer en la hipocresía subliminal de camuflar o atenuar las satrapías de Pinochet con figuras comparativas con otros dictadores latinoamericanos de distinto tinte político. Los dictadores tienen, todos ellos, un común denominador: son estatistas, se amparan en gobiernos ilimitadísimos, atentan contra la vida, las libertades y las posesiones y violan como les da la reverenda gana la individualidad. Para un liberal, el hecho de que en unos casos hayan generado mejoras económicas, no pasa de ser un expediente utilitario. Pretender que Pinochet es menos sátrapa que Castro porque bajo su dictadura floreció el libre mercado, es adoptar una posición conservadora, disfrazada de liberal. Es caer en la misma hipocresía de los que hoy ríen por la muerte de Pinochet, pero se mueren por Castro. Como liberal, solo puedo ver en Pinochet a un criminal, del mismo modo que lo veo en todos los demás dictadores.

Esto demuestra una verdad que debe ser zanjada de una vez: el hecho de que alguien sea partidario del libre mercado y de la apertura comercial no significa que sea, necesariamente, liberal. Esto es la indivisibilidad de la libertad: no hay libertad sólo con la libertad económica. Es necesario que confluya con ésta, la libertad política y la libertad personal. No tengo libertad cuando no puedo pensar como quiero o si no puedo cortarme el cabello como me plazca. Y los liberales peleamos por la libertad integral, no sólo por la libertad económica.

En este caso particular, los chilenos deben agradecer que la influencia de las doctrinas de Friedman en lo que a apertura comercial y libre mercado se refiere, hizo que ese proceso terrible, cuanto menos haya generado un desarrollo que sus vecinos latinoamericanos ansían y admiran. Porque por la aplicación de esta política en lo económico, es que Chile le sacó treinta años a países como el nuestro. El número de años que nos separa de las épocas en que en Perú campeaba la cooperativización del agro, la comunidad industrial y el proteccionismo comercial, mientras nuestros vecinos sureños ya pensaban en venderle al mundo y en promover la inversión privada.

Pinochet no emprendió la Caravana de la Muerte ni ordenó las matanzas en el Estadio Nacional porque quería defender esta política de libre mercado. Lo hizo porque quiso defender la hegemonía de un estado antiliberal in extremis , por definición. Que protegió a una cúpula de poder y privilegios construida sobre la base de la expropiación de los valores liberales clásicos. Así fue que la vida, la libertad y la propiedad fueron tan vulnerables como en cualquier satrapía socialista. La historia mundial demostraría que no era necesario ese tipo de gobierno para fomentar las libertades económicas, pero sí lo fueron para cercenar las libertades integrales de todo un pueblo.

Seguramente los socialistas del mundo se harán un festín con la muerte de Pinochet. ¿Y a nosotros, qué? ¿Qué tenemos que ver con eso? Para los liberales peruanos, no es nuestro cuento. Es un asunto bien de los chilenos. Ellos tendrán que encontrar los exorcismos a sus propios fantasmas, a sus fracturas sociales y a sus contradicciones post-Pinochet. Porque junto al repudio, queda una realidad. Las alamedas del desarrollo que han transitado desde hace tres décadas no fueron las alamedas comunistas que anunció Allende, en su último mensaje por Radio Magallanes. Han sido alamedas de desarrollo construidas por el libre mercado y la apertura comercial, que ningún gobierno del socialismo chileno y de sus aliados se ha atrevido a rechazar. Las alamedas que han transitado caravanas de chilenos y chilenas que hoy tienen éxito en el mundo, desde la China, Europa o el África hasta el Cono Norte de Lima.

 

Por Eugenio D' Medina

 

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