| |
La sombra del totalitarismo socialista en su versión autodenominada “nacionalista” hace de la elección presidencial peruana del 2006 un hito clave para Perú y América Latina. Sucedió en la Alemania posterior a la Gran Guerra y que dio a luz a Hitler. También en la Cuba de Batista que produjo a Castro. Después en la Venezuela del populismo alternado de izquierdas y derechas, que hizo nacer a Chávez. No es coincidencia que el candidato Humala guarde admiración por estos tres personajes.
En todas estas experiencias, el detonante fue el mismo: la rabia contra un sistema que excluyó a amplios bolsones de ciudadanos. La indignación ante la indolencia, la exclusión, la corrupción y la frivolidad – ¡cuánto ha colaborado esta clase política y el gobierno actual en particular en estos rubros! – es la reacción inmediata, casi propia del acto reflejo. Peor aun cuando la prensa y los propios políticos, que hoy se horrorizan con Humala, fueron los que cantaron a los cuatro vientos que los Presidentes Constitucionales de la era posterior a la dictadura militar que propició Velasco, eran corruptos, incompetentes, autoritarios y delincuentes.
Este envenenamiento masoquista, unido a la actitud excluyente de una casta y al proceso “educativo” que padecemos desde hace décadas por cortesía de los verdaderos propietarios de la educación pública peruana – es decir, el sindicato socialista del SUTEP – han producido una cultura del desprecio por la vida, la libertad, la propiedad, los valores cívicos, el Estado de Derecho y la democracia auténtica, la que no se basa en la prepotencia del mayor número sino en la subordinación a la ley.
Por eso no debe sorprender que un candidato se haga popular vilipendiando estos soportes de nuestra civilización. Los que defendieron desde el socialismo, por décadas, el discurso del empobrecimiento, ese que enseña que la pobreza se debe al éxito de otros, hoy se rasgan las vestiduras y les tiemblan las piernas con el discurso de Humala, cuando en el fondo, los humalistas sólo expresan en altavoz lo que la elite intelectual socialista peruana predicó por décadas.
La desesperanza creada tiene sus culpables. Pero a pesar de todo esto, la rabia no es un buen aliado, pues aun justificada, puede originar salidas que empeoren la situación. Recuérdese que los que votaron contra Vargas Llosa en 1990, por pura rabia, fueron los mismos que después, también por rabia, se deshicieron de Fujimori, después que éste les solucionara los problemas que no fueron capaces de afrontar. Por rabia mueren todos los días personas asesinadas, aunque después los criminales lloren su arrepentimiento. Por rabia nos podemos poner la soga…o la bota en el cuello. Podemos convertir al Perú en la Venezuela sojuzgada de estos días. Y no habrá vuelta atrás en cinco años.
Es muy probable que la segunda vuelta sea entre el humalismo y otro partido que tendría la única posibilidad de confrontarlo. ¿Estarán, los que pasen a la segunda vuelta y los que queden al lado, a la altura de comprender lo que está en juego y de hacer algo sensato con el país, construyendo puentes de entendimiento para gobernar con seriedad y compromiso con los ciudadanos, lejos de las frivolidades del poder, de los egos personales y de las tentaciones clientelistas? ¿Podrán hacerlo involucrando a los millones que no militamos en los partidos actuales?
No hay tiempo ni posibilidad de ponerse de costado. Los economistas, a menudo, están acostumbrados a manejarse en escenarios de “segundo mejor”, es decir, situaciones en las que, ante la imposibilidad de lograr un óptimo, inmediatamente eligen la siguiente mejor opción, pues la vacilación puede producir algo que deje ser un tercero, cuarto o quinto óptimo para volverse verdadera calamidad.
Invocar purismos ideológicos para “dejar hacer, dejar pasar” es hacerle el juego a la implantación del chavismo en el Perú. Aceptemos el desafío de los humalistas, que son los velasquistas de antaño y los socialistas fundamentalistas encubiertos de siempre, a despecho de su violencia y su prepotencia. Pero hagámoslo de frente. No como algunos socialistas que se sienten “más allá del bien y del mal”, aunque saben que su ideología de la lucha de clases es “la madre de las ideologías” que los cobija a ellos mismos y cobija a los nacional-socialistas. De ellos ya sabemos que esperar.
Lamentablemente, algunos pocos libertarios “liberales” actúan de modo similar, postulando una presunta pureza intelectual que no aterriza en políticas públicas viables, porque su fundamentalismo los ha alejado de las posibilidades de convertirse en alternativa de gobierno real, tanto como a los socialistas recalcitrantes. Ciertos libertarios incluso estarían más dispuestos a votar por Humala en una segunda vuelta, porque creen, en medio de su ingenuidad, que así podrán desarrollar mejor su oposición doctrinaria en un futuro. No comprenden que con un clon de Chávez instalado en el Perú, ya no habrá futuro al que oponerse con las ideas, sino únicamente una patria que recuperar para los peruanos que amen los valores de la convivencia social que constituyen el soporte de nuestra civilización. Sin importar las doctrinas, sino sólo los corazones y las agallas.
Como en la anécdota de la Isla del Gallo, acaso esta sea la magnifica oportunidad histórica para trazar la línea final y definir quienes están con una u otra concepción de convivencia social y de país. Esta elección ya no está planteando sólo una decisión sobre un Presidente, sino sobre una forma de convivencia social. Entre la que hemos construido como nación, desde los albores de la República , que debemos continuar mejorando porque no es perfecta, y la que propone el nacional-socialismo humalista, fundamentada en la coacción de las libertades, las leyes a medida y la prepotencia de los que se amparan en un Estado omnipotente e ilimitado.
Quizá sea bueno que hayan aparecido, sin caretas, los que quieren reemplazar una por otra. Recojamos el guante, aceptemos el reto, pongámonos de frente. A ver si así, de una vez y para siempre, dejamos el discurso populachero y las actitudes frívolas excluyentes, para comenzar a hacer un país en serio, sostenido en los valores de la vida, la libertad, la propiedad, el civismo, el Estado de Derecho y la auténtica democracia. Como lo merece el Perú.
Por Eugenio D' Medina Lora
|
|