| |
En su “Historia del Análisis Económico” (1954) Joseph Schumpeter sostenía que “La Teoría General” (1936) de Lord Keynes había alcanzado mayor popularidad que la obra del Premio Nóbel Friedrich von Hayek, “Precios y producción” (1931) porque mientras en el primer caso se apoyaban algunas de las “preferencias políticas más acusadas de gran número de economistas”, en el segundo, éste “nadaba contra la corriente”. Como explicaba Jacques Rueff: “La gente tiene notables preferencias por escuchar ideas complacientes y no explicaciones rigurosas.”
Estas palabras, sin duda aplican también al economista recién fallecido, John Kenneth Galbraith, quien a pesar de ser catalogado como uno de los economistas más influyentes del siglo XX, muestra en sus escritos una enorme carencia de conocimientos de teoría económica. Otro premio Nóbel de Economía, George Stigler, argumentaba en este sentido al lamentar la incultura creciente en la formación de los economistas; venía a dar como prueba concluyente que en un determinado año se habían vendido más ejemplares del “Capitalismo americano” de J. K. Galbraith que de la bicentenaria “Investigación sobre la naturaleza y causas de las riquezas de las naciones”, la obra cumbre del venerable Adam Smith.
En un artículo reciente, Carlos Ball explica que “pocos economistas han escrito de manera tan amena e interesante como el recién fallecido profesor Galbraith. Escuché conferencias suyas donde su simpatía personal le daba una evidente ventaja sobre los demás participantes. Galbraith hubiera sido un excelente novelista, pero lamentablemente estaba equivocado en casi todo respecto a la economía.” Comparto esta opinión, y mediante este corto artículo intentaré mostrar por qué.
Galbraith fue un acérrimo crítico de los defensores del libre mercado, y estaba tan seguro de su postura que argumentaba que sólo un economista bien rentado, y con intereses ocultos podría defender estos principios. En su “Introducción a la economía” afirmaba: “Si un economista es demasiado alabado por los ricos, hay que ponerse en guardia.”
Su comprensión respecto del funcionamiento del mundo social estaba, desde mi punto de vista, obnubilada por los “intereses”, la “concentración de poder”, los “monopolios”, la “dependencia” y las “grandes corporaciones”. Su permanente intento por observar el mundo real, tal como se presentaba ante sus ojos, le impidió abstraerse de la realidad que se encontraba por detrás de los titulares de los diarios. Cabe así, recordar las palabras de Frédéric Bastiat, quien enseñaba que la diferencia entre un buen economista, y uno malo, es que el primero aprende a “ver lo que no se ve”. Galbraith, en mi opinión, estaba dentro del segundo grupo.
Galbraith entendía, y en esto tenía toda la razón, que los modelos de competencia perfecta jamás podrían ilustrar correctamente la realidad del mundo social. Fabián Estapé, en la introducción a la obra que le dio a Galbraith reconocimiento internacional “La sociedad opulenta” explicaba que “los economistas llevan años dedicándose a la tarea de construir modelos lo suficientemente alejados de la realidad y de las posibilidades de aplicación práctica, para que no susciten controversias ni emoción.”
Nada hay más alejado de la realidad que los supuestos de atomización (existen infinitos oferentes y demandantes en un mercado, de tal forma que cada agente económico actúa como si los precios estuvieran dados, es decir, constituye un “tomador de precios”), homogeneidad de bienes (el producto de cualquier vendedor es idéntico al de cualquier otro y por tanto, asegura que los compradores se mostrarán indiferentes en cuanto a la empresa que compren), y conocimiento completo y perfecto del mercado (tanto consumidores como productores conocen los precios tanto de los productores como de los factores productivos).
Lo cierto es que en el mundo real los precios “ nunca están dados”, los bienes son totalmente heterogéneos y vivimos inmersas en una completa incertidumbre . De hecho, no es difícil observar que bajo estos supuestos, justamente lo que no existe es competencia . Sin duda, también yo sería adverso al mercado, si entendiera por libre-mercado, el modelo de competencia perfecta, o bien, cualquiera de los modelos que a aquel le siguieron, sean estos de equilibrio general o de equilibrio parcial.
Entiendo que Galbraith abrazó los modelos de competencia imperfecta , monopólico y oligopólico debido a que, al igual que la mayoría de los economistas, ha tenido escaso o nulo contacto con la teoría económica que surge de los escritos de la Escuela Austríaca de Economía, donde el punto de partida se encuentra en el estudio multidisciplinar de la acción humana, acción que está siempre inmersa en una absoluta incertidumbre respecto del futuro, donde los precios nunca están dados, el proceso de mercado está en desequilibrio, y el estudio es de completa dinámica.
Para esta Escuela, el mercado es un proceso . Argumentan que en un determinado orden institucional, caracterizado por la propiedad privada de los medios de producción, la acción empresarial tiende de manera sistemática a descubrir las oportunidades aún desconocidas que se manifiesten como diferenciales entre precios de desequilibrio, iniciando de esta manera un camino hacia situaciones de mayor coordinación que, dada la naturaleza siempre cambiante de las variables económicas, nunca llegará a completarse. Ludwig von Mises, el previamente nombrado Hayek y el hoy potencial Premio Nóbel de Economía Israel Kirzner, profundizaron los estudios sobre este proceso de mercado y la función empresarial, que a mi modo de ver no deberían estar ausentes en la bibliografía de estudio de ningún economista.
En lugar de estas teorías dinámicas y de desequilibrio, Galbraith se sirvió de una influencia fundamentalmente keynesiana y en parte marxista. En sus propias palabras: “Las ideas de John Maynard Keynes han sido capitales. El fue el héroe de mi generación.[...] Sus ideas constituyen aún la base del pensamiento económico occidental.”
Y al mismo tiempo, quizás por su amistad con Paul M. Sweezy, también complementaría su influencia con el marxismo. Esto resulta lógico, a pesar de las diferencias, cuando uno observa sus estudios sobre la concentración de poder y los monopolios. Galbraith sostenía que las empresas pequeñas estaban desapareciendo, a manos de las grandes corporaciones, lo cual a su vez, eliminaba gradualmente la competencia. Los sindicatos, así, serían los únicos que podrían balancear el exceso de poder. La tendencia, igualmente, sería la de una sucesiva conformación de monopolios.
Ahora, la teoría económica enseña que hay dos tipos de monopolios: los naturales o los artificiales. En el primer caso, el bien que posee el monopolista es consecuencia de que, dadas las características imperantes, es el que mejor (el único) ofrece ese bien. El monopolista natural no cuenta con ninguna barrera protectora o privilegio. A su vez, es importante notar que no puede fijar un precio muy alto por la existencia permanente de competidores potenciales, que entrarán al mercado en cuanto observen una rentabilidad extraordinaria importante. En el segundo caso, sí existen barreras a la entrada. Allí el monopolio artificial es la consecuencia directa de una política gubernamental, quien por diferentes motivos (vg. proteger a la industria incipiente) decide eliminar toda competencia en el mercado. Este es el caso monopólico perjudicial que Murray Rothbard señala en su libro “Hombre, Economía y Estado” (1962), ya que en este caso sí, el monopolista, puede incrementar el precio a discreción, ya que cuenta con el gobierno como aliado.
Sobre este punto cabe también recordar el debate que Galbraith mantuvo con Hayek en 1961, respecto del “efecto dependencia.” Galbraith argumentaba que en una sociedad moderna, era la publicidad la que creaba la necesidad en los consumidores. Luego, al ser éstas necesidades creadas de manera artificial, no debía aplaudirse al mercado por satisfacerlas. Hayek sin embargo, en sentido contrario, señaló que prácticamente todas las necesidades reciben esencialmente la influencia del entorno cultural. Salvo excepciones como la comida, el techo y el sexo, las necesidades no tienen origen en el individuo, sino que son aprendidos, sin dejar de ser por ello, importantes. Hayek demostró que es mucho mejor que exista una pluralidad de productores haciendo publicidad para competir por la clientela, que concebir a un gobierno que contenga a la gente para que gaste sus ingresos según la moda de cierta elite política. Dos premios Nóbel, Gary Becker y George Stigler, apoyaron más tarde la posición de Hayek, argumentando que la publicidad es informativa y no manipuladora.
Otro punto de notable confusión en el autor en cuestión, es el del dinero y el sistema bancario. Aquí, por una cuestión de espacio, y ya introduciéndonos en su recomendación de política económica, tocaremos simplemente tres puntos: primero, el de la independencia del banco central . En su “introducción a la economía” Galbraith plantea que la misma, es más un mito que una realidad. Explica que “es poco probable que el gobernador de la Reserva Federal oponga una negativa a un requerimiento del presidente de Estados Unidos”. Y luego agrega: “No puede haber más que un único responsable de la política económica y financiera de un país.” Y concluye: “Es, evidentemente, el presidente quien ha de asumir al responsabilidad última, pues está mandatado para ello por el sufragio universal. La política monetaria y financiera no puede situarse por encima de la democracia.” Ahora, ¿cuál es la razón por la cual el mundo entero confía más hoy en el dólar que en el peso argentino? Sencillamente, porque la política monetaria de la Reserva Federal fue más restrictiva, y a la vez, contó con un sistema totalmente independiente, en el que el presidente de la institución no emitía dinero a disposición de los presidentes de turno, como sí ocurrió en la Argentina.
Segundo, respecto de la lucha contra la inflación, es preocupante, que Galbraith critica las reglas monetarias de Milton Friedman, cuando fueron estas políticas las que le impusieron límite a la gran inestabilidad monetaria mundial. Por supuesto, podemos hacer algo mejor que esto, pero al menos Friedman, basado en la teoría cuantitativa del dinero, pudo acotar la política monetaria expansiva de los bancos centrales. En este sentido, Galbraith pareciera seguir los consejos keynesianos.
Finalmente, comenta Galbraith que el objetivo de la política monetaria “es dirigir la economía a través del crédito, regular la capacidad crediticia de los bancos, la capacidad de gasto y hacer girar el dinero así creado.” Esto es lo que muestra que Galbraith tenía en mente un dirigismo o centralismo importante en su sistema económico. La realidad actual, sin embargo, muestra que las regulaciones al sistema monetario, han sido insuficientes, lo cual se observa en las sucesivas crisis monetarias que experimentó el mundo en los últimos años: el mundo entero, con escasas excepciones, vivió un proceso de estanflación (inflación + desempleo) en la década de 1970; nadie olvida la decadencia completa de América Latina en la década perdida de os años 1980, completamente inmersa en procesos hiperinflacionarios; y a partir de allí, observamos la gran depresión japonesa (1989) a la cual, aun hoy, cuesta encontrarle una salida, la crisis en España (1992), el tequila en México (1994) con contagio en varios países emergentes como Argentina (1995), la crisis del sudeste asiático (1997), el default de Rusia y la quita de capital récord (1998), la devaluación en Brasil (1999), la nueva devaluación en Argentina (2001), con pesificación asimétrica, confiscación de despósitos, default y el quiebre de las instituciones, la gran caída en el mercado de valores en Estados Unidos (2001-2002), el estancamiento con desempleo creciente en Alemania y Francia (2003) y la burbuja inmobiliaria nuevamente en España. Por supuesto, en varios de los casos señalados, las economías aun se encuentran en proceso de recuperación.
Galbraith en sí mismo constituye un tema de estudio fundamental para los estudiosos del análisis económico. Quedarían pendientes de observar su incomprensión de la Ley de Say; su incorrecta interpretación de la determinación de los precios y en consecuencia, los problemas de controlar estos precios; las consecuencias negativas de su política fiscal expansiva; y los sucesivos mitos relacionados con el comercio internacional, entre varios otros tópicos.
Por último, cabe señalar que si el lector leyese otro artículo en donde se señala a Galbraith como un gran liberal, este debe ser entendido en el sentido americano del término. En otras palabras, el intervencionismo de Galbraith, con control de precios y una importantísima injerencia estatal en todas las cuestiones lo ubicarían más cerca de un sistema socialista, que del liberalismo clásico. El mismo sistema socialista que requiere para su implementación un régimen autoritario, un régimen que estuvo presente en la Alemania de Hitler y que causó la gran dispersión de los economistas de la Escuela Austríaca en los años 1930 y 1940. Ellos no partieron a Estados Unidos a predicar su evangelio neoclásico. Todo lo contrario, escaparon del nazismo y pasaron mucho antes de llegar a América por las más prestigiosas universidades europeas, tanto de Suiza como de Inglaterra. El debate Hayek-Keynes de los años 1930, en la London School of Economics (LSE), es un claro ejemplo de esto.
Las críticas de Galbraith a esta Escuela muestran una profunda irresponsabilidad. A pesar de haber asistido al seminario de Hayek en la LSE, ¿Conocía Galbraith a los austríacos ? Para cerrar el artículo caben la siempre citada frase de Jacques Rueff: “Sed liberales, sed socialistas, pero no seáis mentirosos”.
Que descanse en paz.
Por Adrian Ravier
|
|