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Dachau, fue el primer campo de concentración nazi construido en 1933 en Munich, Alemania. En ese lugar en donde más de 200 mil prisioneros fueron recluidos, 30 mil fueron asesinados por el ejército de Hitler, hasta 1945. Lejos de derruir el lugar, el gobierno lo convirtió en museo, para que todos los turistas que llegaran hasta ahí supieran lo que se hizo dentro de sus paredes. Visitar Dachau es adentrarse en un macabro fortín, en el que se respira la muerte y es fácil imaginar el sufrimiento de los seres humanos que ahí sufrieron tortura y posteriormente fueron asesinados, con lo cual se toma conciencia que lo que ahí sucedió no debe repetirse nunca jamás y no debe olvidarse. Alemania lejos de ocultar su triste pasado, lo muestra a las nuevas generaciones para que comprendan que esa historia nefasta no debiera volver a darse.
En el Perú, sin embargo, distintos sectores se han pronunciado en los últimos días sobre la conveniencia o no de construir un museo de la memoria, financiado por una donación del gobierno alemán, en el cual se colocaría la muestra Yuyanapaq (Para recordar) que ilustra mediante fotografías, videos y testimonios, la violencia política que vivió el Perú durante las décadas de los 80 y 90 provocada por el terrorismo de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru y combatida por un Estado que en diversos momentos de la lucha vulneró los derechos humanos de civiles campesinos quechua hablantes a los que creyó ser el enemigo.
La Comisión de la Verdad y Reconciliación al emitir su informe en el 2003 indicó que la violencia había dejado 70 mil muertos, y que la mayoría había sido causada por el terrorismo, eso es claro. Sin embargo no debemos dejar de lado a las víctimas inocentes que dejó tras de sí la violencia y el Estado además de sancionar a los responsables y otorgar indemnizaciones a los sobrevivientes o sus familias, debería comprometerse a que la situación de zozobra no vuelva a repetirse en el país y una de las maneras es recordar lo que sucedió para que nunca más vuelva a suceder.
Por un lado, personalidades de reconocido prestigio se han manifestado a favor del Museo de la Memoria, como por ejemplo Mario Vargas Llosa quien ha dicho “Los peruanos necesitamos un Museo de la Memoria para combatir esas actitudes intolerantes, ciegas y obtusas que desatan la violencia política. Para que lo ocurrido en los años ochenta y noventa no se vuelva a repetir. Para aprender de una manera vívida adónde conducen la sinrazón delirante de los ideólogos marxistas y maoístas y, asimismo, los métodos fascistas con que Montesinos y Fujimori los combatieron convencidos de que todo vale para lograr el objetivo aunque ello signifique sacrificar a decenas de miles de inocentes” y la Defensora del Pueblo, Beatriz Merino, que ha señalado “todos los peruanos tienen el deber de legar la memoria a las futuras generaciones, el registro objetivo de los hechos (…) precisamente para que no repitan nuestros errores y para que, finalmente, todos podamos descansar en paz, con la satisfacción del deber cumplido.”
Por otro lado, personajes como el Ministro de Defensa, Antero Flores Araoz, han expresado su rechazo al museo indicando que “Si yo tengo personas que quieren ir al museo, pero no comen, van a morir de inanición. (…) Hay prioridades" y el Cardenal Luis Cipriani ha sostenido “Me parece que nos hemos pasado un poco de la raya en que este intento de una versión de los hechos de unos años, sea el museo de la historia. No es cristiano, ahí no veo mucha reconciliación y tampoco ayuda a que el Perú entienda mejor su vida”.
El debate sobre el tema pareciera no tener sentido pues mientras unos reconocen los hechos y desean que la violencia no vuelva a repetirse recordando la historia de fines del siglo XX y a las víctimas de ella, otros aun cuando tampoco quisieran violencia en el país, pretenden olvidarse de la historia reciente y ningunear a las decenas de víctimas de las cuales el Estado es responsable, y quieren hacerlo de la manera doméstica y casera, metiendo la basura debajo de la alfombra. Aprendamos de aquellas experiencias como la alemana, que lejos de ocultar su triste y cruel pasado, lo muestran a todos con el fin de aprender de aquellos errores que nadie quiere repetir.
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